Es decir, vosotros.

En cualquier trabajo uno es esencialmente lo que los demás le dejan ser.

Si hacemos anuncios que a veces hacen pensar es porque hay un anunciante que prefiere no insultar la inteligencia de quien tiene que fijarse en él, ir a la tienda luego, pedir su producto, pagarlo.

Si a veces hacemos anuncios divertidos es porque hay un anunciante que entiende que hacer sonreír a quien no tiene la menor intención de mirar su anuncio es una forma mejor de pedírselo.

Si a veces hacemos anuncios elegantes es porque hay un anunciante que sabe que ser vulgar no es el mejor sinónimo de ser directo.

Si hacemos anuncios es porque nos dejan hacerlos.

Y si nos dejan hacerlos es porque antes de hacer el anuncio hacemos las razones que lo fundan, los porqués de una idea.

Si hacemos razones antes de hacer anuncios es para no depender del “me gusta” o su contrario. Esto no es un concurso de belleza, ni de cromos.

Somos lo que nos dejan hacer. Y luchamos cada día para conseguirlo.

El secreto es que no hacemos anuncios para que le gusten al anunciante, sino para que alguien además de él quiera mirarlos.

No tiene mucho mérito que a alguien le guste que hables de él.

Los anuncios que hacemos son para quien no los quiere mirar, para quien tiene mil cosas mejores que hacer que mirar anuncios.

Y dado cómo les trata la publicidad, quién no haría lo mismo.

Si se conforma con que los anuncios solo le gusten a usted, no somos la agencia que busca. Y viceversa.

Si además quiere que sus consumidores potenciales quieran mirar sus anuncios, hablemos.